
La comunización designa una teoría según la cual la revolución no pasa por una fase de transición (dictadura del proletariado, autogestión, Estado obrero), sino por la destrucción inmediata de las relaciones capitalistas en el mismo movimiento de la lucha. El proletariado no toma el poder para luego transformar la sociedad: abole las clases, incluida la suya, al suprimir el salario, el valor y la propiedad privada a medida que se producen los actos insurreccionales.
Esta definición separa claramente la comunización del comunismo histórico tal como se ha puesto en práctica en el siglo XX. También rompe con las corrientes que colocan un programa político entre el levantamiento y la sociedad sin clases.
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Programatismo y ruptura teórica: lo que la comunización rechaza
Para entender la comunización, el punto de partida más útil es el concepto que cuestiona: el programatismo. Este término abarca el conjunto de teorías donde el proletariado extrae de su propia condición las bases de una organización social futura. La revolución se convierte en un programa a realizar, paso a paso.
En esta lógica, el proletariado es un polo positivo. Posee una naturaleza revolucionaria intrínseca, que se manifiesta en la dictadura del proletariado, en consejos obreros, en períodos de transición o en autogestión generalizada. La resolución de la contradicción entre capital y trabajo se basa en la afirmación de uno de los dos términos.
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La teoría de la comunización considera este esquema como obsoleto. El proletariado ya no puede afirmarse como clase portadora de un proyecto alternativo, porque su propia existencia es inseparable de la relación social capitalista. Varios textos publicados en communisation.net desarrollan este análisis detallando cómo las reestructuraciones del capital desde los años 1970 han liquidado las bases materiales del programatismo (empleo estable, identidad obrera, instituciones de clase).
La abolición del capital no es, por lo tanto, un objetivo lejano alcanzado tras un ascenso del movimiento obrero. Se juega en los mismos gestos de la lucha, o no se juega en absoluto.

Comunización y abolición simultánea de las relaciones sociales
El núcleo duro de la comunización se resume en una palabra: simultaneidad. No se trata de abolir primero la propiedad privada, luego el salario, y después el Estado. Estas relaciones forman un sistema. Cualquier intento de tratarlas por separado reproduce lo que pretende destruir.
Concretamente, la comunización implica:
- La supresión del salario como modo de distribución de los medios de subsistencia, reemplazado por una puesta en común directa de los recursos disponibles.
- La abolición del valor de mercado, lo que significa que los bienes producidos ya no circulan como mercancías y ya no se miden por un tiempo de trabajo abstracto.
- La disolución del Estado como aparato separado de la sociedad, incluidas sus formas llamadas “obreras” o “populares”.
Este tríptico no es una utopía proyectada en un futuro lejano. La teoría de la comunización afirma que estas rupturas ocurren en el mismo conflicto, o degeneran en reforma, en contrarrevolución, en un nuevo aparato de dominación.
La cuestión de género y la reproducción social
Desde finales de los años 2010, una parte de la teoría feminista materialista ha abierto un frente adicional. La cuestión planteada es la de la comunización de la reproducción social: ¿cómo abolir simultáneamente las relaciones de clase y las relaciones de género en las prácticas cotidianas?
Esta extensión del marco teórico reconoce que el trabajo doméstico, el cuidado, la educación de los niños son actividades estructuralmente asignadas y no remuneradas. Ignorarlas equivale a dejar intacta una parte del sistema que la comunización pretende destruir en bloque.
Prácticas contemporáneas: ZAD y formas de comunización parcial
La comunización no existe únicamente como corpus teórico. Varias investigaciones realizadas sobre las ZAD (Notre-Dame-des-Landes, Bure) describen prácticas que se asemejan a una comunización “desde abajo”: puesta en común de tierras, decisiones por asambleas, rechazo del salario y de la propiedad privada en los espacios ocupados.
Estas experiencias a veces se califican de “fragmentos de comunismo real” dentro del capitalismo. Plantean una pregunta que la teoría sola no resuelve: ¿puede una comunización localizada, parcial, rodeada por las relaciones mercantiles, mantenerse sin transformarse en una comunidad alternativa clásica?

La respuesta teórica es generalmente negativa. La comunización, por definición, no se limita a un espacio: supone la destrucción de la relación capitalista a una escala que hace imposible el regreso atrás. Una ZAD tolerada por el Estado sigue insertada en un mundo de mercancías.
Sin embargo, estos terrenos de experimentación alimentan la reflexión. Muestran que la puesta en común inmediata de los medios de vida, sin mediación monetaria ni jerarquía formal, produce formas de organización que no corresponden ni al mercado ni a la planificación estatal.
Polisemia de la palabra comunización: una trampa terminológica
El término “comunización” también circula en un registro muy diferente. En los trabajos recientes sobre la desnazificación o la de-comunización en Europa del Este, designa procesos de reconfiguración de las instituciones tras un cambio de régimen. Este sentido no tiene nada que ver con la tradición marxista revolucionaria.
Esta ambigüedad complica la investigación y la discusión. Un lector que se encuentre con la palabra en un artículo de historia contemporánea no encontrará lo mismo que en un texto de la revista Sic o de Théorie Communiste. Dos usos de la misma palabra coexisten sin cruzarse.
Para quienes se interesan por la comunización en el sentido revolucionario, verificar el marco teórico de la fuente sigue siendo la precaución mínima. El contexto de enunciación hace toda la diferencia entre un análisis de la transformación social radical y un relato de política institucional post-autoritario.
La comunización sigue siendo un marco teórico minoritario, disputado incluso dentro de la izquierda radical. Su fuerza radica en la rigurosidad de su crítica al programatismo y en su rechazo a separar el momento de la lucha del contenido de la transformación. Su límite más discutido se refiere a la ausencia de un modelo organizacional: si la revolución no se programa, la cuestión de lo que sucede concretamente al día siguiente sigue abierta.